Sorbos soleados de soledad.
Saber que sólo sabemos
salir en súbito sacudón
por sobre salinas solemnes;
sin sobreponerse al sufrimiento,
sopesando sinsabores desde sarcasmos.
Sorprenderse al ser consciente que el suplicio
sólo se supera... subiendo.
Sorbos soleados de soledad.
Saber que sólo sabemos
salir en súbito sacudón
por sobre salinas solemnes;
sin sobreponerse al sufrimiento,
sopesando sinsabores desde sarcasmos.
Sorprenderse al ser consciente que el suplicio
sólo se supera... subiendo.
¿Y si la poesía muere?
¿De a poco y apenas?
¿O a penas o penurias?
Si la lees, le es indistinto.
Porque ella vive muriendo
y al renacer jamás morirá.
La muerte anda con tambor por las
montañas
remando con ritmo invariable
entre piedras y araucarias.
Con pies de arcilla, infinitamente
deambula.
En su caminar tan antiguo como
atroz
nada se pronuncia.
Aquí el silencio no hace daño,
y al nombrarla por vez primera,
se hace carne ventricular.
Sacrifico mi cara.
Me reconozco sin ser;
Y lo precario me es suficiente.
"Los trabajadores que migran de su lugar de origen a otro para realizar labores rurales son comúnmente denominados trabajadores golondrinas, se hace referencia así, a quienes a quienes cumplen una estadía dura una determinada temporada del año para realizar tareas."
Gustavo Daniel Lobo
El día llegaba a su fin y con él la
temporada. Rubén y su hermano Jacinto no veían la hora de recibir el pago y
poder volver con su madre, quien seguro los esperaba ansiosa. “Se me cuidan
mijitos y que la virgencita me los proteja siempre” fueron las últimas palabras
que escucharon de ella antes de que rumbearan el camino tras las sierras hacia
ya tres meses. La temporada de hortalizas no era cruel pero, al final de cada
jornada las manos comenzaban a entumecerse y las rodillas ya pedían un alto.
Este era el primer año que Jacinto cubría el calendario completo. Sin embargo,
Rubén lo cubría desde hacía ya cinco años cuando dejó el cuarto año por pedido
de su madre. El padre de ambos (por lo menos de Jacinto) fue víctima del
accidente en las minas junto con once compañeros más. “Yo lo lamento en el
alma, Rubén, pero me vas a tener que ayudar para pagar el alquiler”. El
muchachito no lo dudó un segundo y fue a solicitar empleo en las quintas del
señor Estévez. Aun así, se lamentaba por no habérsele declarado a la Irupé, su
compañera de banco en la escuela n°13 del barrio El zapallar. De vez en cuando,
el aroma floral de las madrugadas le hurgaba la memoria e invocaba el recuerdo
del perfume de su cabello negro trenzado a un costado de su cabeza. Cuando
jugaban a las adivinanzas en el recreo; o cuando lo ayudaba en sus cálculos de
matemáticas. El pobre siempre fue pésimo con los números. Nunca pudo resolver
por sí solo cuántos caramelos podía comprarse Pedrito si tenía dos quintos de
200 pesos y si le sobraban dos medios para un alfajor. Rubén no sabía cómo era
un kiosco ni que sabor tenían los alfajores que se vendían en la capital a los
que se referían los manuales de la escuela (y posiblemente nunca lo sepa). Le
resultaba gracioso pensar que de las remolachas de esta quinta y las manzanas
de la anterior podrían salir las jaleas que rellenan eso alfajores que otro
Pedrito citadino va a comprar en unos meses en algún kiosco alejado entre los
edificios de la gran capital.
El sol en el horizonte anunciaba el final de
la jornada. El capataz, al grito de “¡La paga, golondrinas!”, les hizo saber a
los hermanos que la labor había concluido. Bebieron unos tragos de la taza de
cocido que les ofrecieron, se lavaron apenas el rostro y las manos cubiertas de
tierra y treparon a una de las silobolsas para contemplar el ocaso. Los invadía
una sensación de alivio y alegría por una temporada finalizada. Casi por un
instante, sintieron que rozaban la cima del mundo y ambos esbozaban una tímida
sonrisa de satisfacción. Cuando los últimos rayos crepusculares doraban la
tierra supieron que había llegado la hora. Sus brazos cansados se volvieron
alas, sus bocas resecas un pequeño pico; al momento de emprender el vuelo,
dejaron ver unas plumas azuladas al final de sus cuerpos con dos puntas agudas
hacia ambos lados. En un elegante y frenético aleteo, ambos rumbearon
nuevamente hacia zonas más cálidas. Tal vez lo brazos de una madre que
aguardaba su regreso con mucha esperanza.