La muerte anda con tambor por las
montañas
remando con ritmo invariable
entre piedras y araucarias.
Con pies de arcilla, infinitamente
deambula.
En su caminar tan antiguo como
atroz
nada se pronuncia.
Aquí el silencio no hace daño,
y al nombrarla por vez primera,
se hace carne ventricular.
Sacrifico mi cara.
Me reconozco sin ser;
Y lo precario me es suficiente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario