En la distancia, Zeus parecía ser un gato muy corriente. Sin embargo, el día que lo encontré entre bolsas y restos de comida dentro de un tacho de basura, no era más grande que una naranja. Algo muy extraño hasta para la veterinaria fue que sobreviviera con un tamaño tan ínfimo desde las primeras semanas. Con el tiempo su salud y tamaño se normalizaron, y nadie podía decir que ese gato tuviera algo en especial, ya que llevaba sus 5 kilogramos con mucho orgullo.
Su pelaje era gris oscuro y sos ojos verdes como “botella de vidrio” (según mi abuela). La cabeza redonda y el cuello estrecho le daban una apariencia casi caricaturesca. De cualquier manera, la profundidad de su mirada y su personalidad tranquila y calculadora teñían de una gran seriedad a su presencia pesar de los caprichos de su tamaño.
Acostumbraba a acompañarme a casi todos lados. Siempre y cuando mi caminata no excediera las diez manzanas a la redonda desde la puerta de casa. Su lugar preferido resultaba ser la plaza 9 de julio, a la vuelta de la escuela. Allí podía dormir largas siestas entretanto yo me sentaba a almorzar mientras hacía la tarea.
El día que comenzó a cambiar de tamaño
estaba en el tercer año de la secundaria promediando los trece. Fue un lunes.
Recuerdo que no tenía ganas de entrar a la escuela y estaba molesto porque mamá
me permitió hacerme la rabona: “No, porque yo trabajo y no hay nadie para que
te vigile”. Una respuesta muy común en ella. Justo antesde pasar por la plaza,
Zeus me miró de frente y comenzó a achicarse lentamente hasta meterse en el
bolsillo de mi campera. Sin duda no salía de mi asombro, pero tenía tanta necesidad
de su compañía que no me escandalicé. Ambos entramos a la escuela ese día y
muchos otros más. Tampoco es que era un alienado social. Por el contrario,
tenía muchas amistades. Era la presencia de Zeus lo que me relajaba y calmaba
mis nervios. Saber que mi leal compañero ronroneaba plácidamente dentro de uno
de mis bolsillos era mi lugar seguro, mi zona de confort.
No fue hasta los últimos días de 6to año que
Zeus se percató de que también podía aumentar su talla, y de veras que podía.
En ese tiempo los peligros y situaciones límites aumentaron. Conflictos
familiares, pleitos en la escuela y hasta roces con la delincuencia. Con
seguridad, Zeus comprendió que su tarea superaba la de un animal de compañía y
pasó a ser una custodia. Las personas dejaban caer sus mandíbulas al ver que un
gato doméstico con el tamaño de un puma de montaña caminaba a mi lado mientras
pasábamos frente a nuestra plaza.
Por fortuna jamás atacó a nadie, pero
siempre tuve ese temor. La imponente figura de mi felino guardián era más que
suficiente para amedrentar y disuadir a cualquiera que siquiera pensara
atacarme.
Más allá de su peculiar habilidad, Zeus no
pudo esquivar el paso de los años. Grande o pequeño el tiempo pone las cosas en
su lugar, y también las quita del mismo.
La doctora aseguró que sus huesos se vieron
muy afectados por tantos cambios de dimensiones. Llegué a pensar que, en algún
punto, Zeus era consciente de su deterioro. No obstante, elegía estar ahí para
mí y no dejarme solo mientras pudiera.
Falleció un día miércoles, semanas antes de
que empezara en mi primer trabajo como operario en una fábrica de alimentos. No
es tan malo trabajar ahí. En el almuerzo me siento a comer en el mismo banco de
nuestra plaza y me dejo llevar por los recuerdos. Zeus ya no está conmigo, pero
a veces siento un suave ronroneo en el bolsillo de la camisa, muy cerca de mi
corazón, de donde nunca se fue.
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