viernes, 3 de octubre de 2025

"Tiempo de cosecha"

"Los trabajadores que migran de su lugar de origen a otro para realizar labores rurales son comúnmente denominados trabajadores golondrinas, se hace referencia así, a quienes a quienes cumplen una estadía dura una determinada temporada del año para realizar tareas."

Gustavo Daniel Lobo

     

   El día llegaba a su fin y con él la temporada. Rubén y su hermano Jacinto no veían la hora de recibir el pago y poder volver con su madre, quien seguro los esperaba ansiosa. “Se me cuidan mijitos y que la virgencita me los proteja siempre” fueron las últimas palabras que escucharon de ella antes de que rumbearan el camino tras las sierras hacia ya tres meses. La temporada de hortalizas no era cruel pero, al final de cada jornada las manos comenzaban a entumecerse y las rodillas ya pedían un alto. Este era el primer año que Jacinto cubría el calendario completo. Sin embargo, Rubén lo cubría desde hacía ya cinco años cuando dejó el cuarto año por pedido de su madre. El padre de ambos (por lo menos de Jacinto) fue víctima del accidente en las minas junto con once compañeros más. “Yo lo lamento en el alma, Rubén, pero me vas a tener que ayudar para pagar el alquiler”. El muchachito no lo dudó un segundo y fue a solicitar empleo en las quintas del señor Estévez. Aun así, se lamentaba por no habérsele declarado a la Irupé, su compañera de banco en la escuela n°13 del barrio El zapallar. De vez en cuando, el aroma floral de las madrugadas le hurgaba la memoria e invocaba el recuerdo del perfume de su cabello negro trenzado a un costado de su cabeza. Cuando jugaban a las adivinanzas en el recreo; o cuando lo ayudaba en sus cálculos de matemáticas. El pobre siempre fue pésimo con los números. Nunca pudo resolver por sí solo cuántos caramelos podía comprarse Pedrito si tenía dos quintos de 200 pesos y si le sobraban dos medios para un alfajor. Rubén no sabía cómo era un kiosco ni que sabor tenían los alfajores que se vendían en la capital a los que se referían los manuales de la escuela (y posiblemente nunca lo sepa). Le resultaba gracioso pensar que de las remolachas de esta quinta y las manzanas de la anterior podrían salir las jaleas que rellenan eso alfajores que otro Pedrito citadino va a comprar en unos meses en algún kiosco alejado entre los edificios de la gran capital.

   El sol en el horizonte anunciaba el final de la jornada. El capataz, al grito de “¡La paga, golondrinas!”, les hizo saber a los hermanos que la labor había concluido. Bebieron unos tragos de la taza de cocido que les ofrecieron, se lavaron apenas el rostro y las manos cubiertas de tierra y treparon a una de las silobolsas para contemplar el ocaso. Los invadía una sensación de alivio y alegría por una temporada finalizada. Casi por un instante, sintieron que rozaban la cima del mundo y ambos esbozaban una tímida sonrisa de satisfacción. Cuando los últimos rayos crepusculares doraban la tierra supieron que había llegado la hora. Sus brazos cansados se volvieron alas, sus bocas resecas un pequeño pico; al momento de emprender el vuelo, dejaron ver unas plumas azuladas al final de sus cuerpos con dos puntas agudas hacia ambos lados. En un elegante y frenético aleteo, ambos rumbearon nuevamente hacia zonas más cálidas. Tal vez lo brazos de una madre que aguardaba su regreso con mucha esperanza.

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